Como una caracola

Desde que decidimos terminar nuestro viaje y volver a “casa”, nos enfrentamos a una de las decisiones más complicadas que hemos tenido en nuestra vida: ¿dónde? Primero, a dónde volver, dónde aterrizaría nuestro avión. Para quienes no lo sepan, mi familia y amigos viven en Cataluña; los de Óscar en Valladolid. Y, aunque después de recorrer tantos miles de kilómetros, no nos va de 600 más… la decisión no fue fácil.

Elegimos Barcelona y durante un mes estuvimos yendo a Cambrils y Reus. Tuvimos mucha suerte porque nuestros padres nos pudieron guardar algunas cosas personales que, ahora, podíamos recuperar. Antes de irnos, nos tomamos bastante tiempo para pensar en qué dejar, pues el espacio era más bien limitado y no queríamos quedarnos pegados a cosas materiales, por lo que decidimos quedarnos con lo que consideramos “imprescindible” en aquel momento.

La primera en reencontrarse con sus cosas fui yo. Bajamos una enorme y pesada maleta de un altillo, en busca de ropa de abrigo, tan necesaria porque habíamos estado unos 7 meses en el sudeste asiático y, claro, frío… lo que se conoce como frío, no habíamos pasado. Nuestra temperatura corporal se aclimató rápidamente al trópico, usando incluso de vez en cuando manga larga cuando el termómetro rozaba los 25ºC.

En fin, ahí estaba yo, sentada en el suelo y dispuesta a abrir mi maleta roja. Mi enorme maleta roja. La curiosidad se apoderó de mí y la ilusión le hizo compañía. No hallaba el momento de volver a ponerme falda o vestido, zapatos de tacón y volver a usar pendientes, pulseras y colgantes.
Nerviosa, empecé a deslizar el carrito de la cremallera. Lentamente, casi como algo místico. Con esfuerzo, abrí la maleta por la mitad. Ahí estaban todos mis trapitos. “¡Ya he vuelto!”, les exclamé mentalmente. Pero me miraron con desconfianza. Ya no nos conocíamos. Una multitud de prendas, de todos los colores y formas, se apretujaban en su interior. Me asusté. Busqué un par de pantalones y un abrigo y cerré de nuevo. Aterrorizada y espantada por la gran cantidad de cosas que poseo, que sigo poseyendo y pensando que fueron elegidas para quedarse, lo que implicó que muchas otras… muchas, tuvieron otro destino.

Pensé que quizás no había llegado aún el momento. Nuestro proceso de adaptación es lento, vamos paso a paso. Así que no me obligué. Si en más de 2 años y medio no necesité más que un par de pantalones y un puñado de camisetas, ¿por qué iba a necesitar ahora todo un ropero entero?
Cerré la maleta y la devolvimos a su sitio. Debo reconocer que me sorprendió lo ordenado y poco arrugado que estaba todo.

Luego abrí una cajita pequeña a la que había bautizado con el original nombre de “Pendientes, colgantes y anillos Javita”. A los pocos días de nacer me hicieron los agujeros y desde que tengo uso de razón he llevado pendientes. Siempre me he sentido rara sin ellos. Cuando empezamos nuestro viaje, llevaba unos pequeños y discretos. Me duraron muchos meses, hasta que perdí el enganche de uno. Encontramos un enganche nuevo pero lo perdí también, así que visto el empeño de los pendientes por no seguir en mis orejas, los metí en un pequeño rincón de la mochila y los seguí paseando unos meses más. Quería unos pendientes, era el único complemento que llevaba y me hacían sentir bien. Oscar me compró unos, quería unos bonitos y baratos, por si se perdían. Feliz con mis nuevos pendientes, al cabo de unos meses empezaron a adquirir un color extraño y los jubilé. Ya no compramos más.

Con esa pequeña caja en mis manos, sentía que era como abrir un tesoro. Me tomé mi tiempo para saborear la emoción de reencontrarme con mis diminutos compañeros. En cuanto la abrí, una sensación abrumadora se apoderó de mí. ¿De verdad me dio tiempo en estos años de ponerme TODO eso? La respuesta me asustó. Sí. No solo toda esa cantidad de pendientes. También había anillos (grandes, pequeños, coloridos, sencillos) y colgantes (discretos, aparatosos). Busqué y rebusqué en busca de un anillo en concreto que tiene un significado especial para mí y que no llevé en el viaje por miedo a perderlo. Y cerré la caja. La volví a dejar en su sitio.

Y recapacité. Acostumbrada a pensar en todo lo que me rodea, mi mente no podía dejar pasar esta ocasión.

Hemos vivido de forma austera, con lo mínimo (y a veces pensábamos que aún nos sobraban cosas). También porque durante casi 3 años hemos ido con la casa a cuestas, lo que llevábamos lo teníamos que acarrear sobre nuestras espaldas. En algunas ocasiones, cuando cargábamos con la carpa (o tienda de campaña), los sacos de dormir, la pequeña cocina de cámping, los colchones inflables… hubiéramos dejado la mitad de la ropa. No es fácil hacer una mochila que no ocupe mucho cuando vas a pasar por todos los climas. Quizás hubiera sido más fácil ir con poco y comprar a medida que fuéramos necesitando, pero si algo teníamos claro era que el dinero que teníamos era para viajar. Conocimos a algunos que viajaban más ligeros, pero compraban ropa cuando la necesitaban. Algunos, en lugar de lavar la ropa o llevarla a la lavandería (en ciertos países el precio es de risa), se deshacían de ella y compraban nueva. “Total, una camiseta por 1€ está tirado de precio”, nos comentaron. Es cierto. Si lo comparas con los precios de aquí. Pero en varios países puedes comer por esa misma cantidad.

Nos parece, a ambos, una experiencia que todos deberíamos tener en nuestras vidas. Cargar nosotros mismos con el peso de lo que poseemos. De esa manera, seríamos más conscientes de lo que necesitamos y de lo que no. Que el consumismo despiadado que nos rodea no es sano, no es natural. Procedemos de seres nómadas y estamos evolucionando a… ¿a dónde exactamente? A no poder avanzar a ninguna parte porque no hay espacio suficiente para nosotros (y nuestras cosas, claro). Parece que nuestro espacio vital se ha ampliado dando cabida a cosas materiales, superficiales, que solo nos atan o ralentizan por su pesada carga.

Bueno, tampoco quiero que alguien piense que hemos descuidado nuestra apariencia. Siempre hemos ido limpios. Lavábamos la ropa a mano generalmente, si teníamos dónde colgarla. Hemos montado tendederos en los sitios más insólitos: las puertas de nuestro coche en Nueva Zelanda, ventanas, camas, una cuerda entre dos lámparas,… Sabemos de algunos que piensan que el viajar como mochilero obliga a viajar como un vagabundo, con el pelo sucio y rodeado de moscas, oliendo mal y no duchándose nunca. Cada uno viaja a su manera y toda experiencia vital es respetable, no me malinterpretéis. Simplemente, nosotros no somos así.

En fin. Meses soñando con rodearme de mis vestidos, camisas, botas, camperas,… y aquí sigo, usando un par de pantalones y un puñado de camisetas. Sintiendo algo de miedo por si al abrir esa maleta, por si al zambullirme de nuevo en mi armario, fuera a perder esta sensación placentera que me produce el saber que mi equipaje cabe en mi mochila.

Javita.

(Nota aclaratoria: los posts en Mundorriendo son, por lo general, resultado de un trabajo en equipo. Pero en este caso, tenía la necesidad de compartir con vosotros una reflexión puramente personal.)

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