Trinidad - Santa Clara - La Habana

Baracoa - Moa - Holguín

Decidimos despedirnos de Baracoa, un pueblito con mucho encanto, para continuar nuestro viaje hacia el centro de Cuba. Podíamos elegir entre ir en autobús, pero regresando a Santiago y de ahí otro para nuestro destino: Trinidad. O, como éramos cinco personas con la misma ruta, decidimos coger un taxi de Baracoa a Moa, donde cogeríamos otro hasta Holguín, y de ahí un bus a Trinidad. Quizá es un poco más largo, pero también más bonito el paisaje, y evitábamos tener que pasar por Santiago, ciudad de la que nos quedó un mal recuerdo.

Nos despertamos pronto, pero sin pegarnos tampoco el gran madrugón. Nos fueron a buscar a la casa donde nos alojábamos, en un coche del año 52 bastante destartalado. Fueron dos horas y media de suplicio, los de atrás o no tenían espacio suficiente para las piernas o el asiento era una tabla. Pero el paisaje era muy bonito, a través del Parque Humbolt. Habíamos acordado con el conductor que le pagaríamos cuando él hubiera negociado con el siguiente conductor el precio del segundo trayecto (Moa-Holguín), ya que habíamos fijado un máximo que íbamos a pagar y nos aseguraron que sería por ese precio. Como siendo extranjeros todos piensan que tenemos dinero, queríamos asegurarnos que no se nos dispararía el precio. ¿Qué mejor que acordar que no le pagarás hasta que lo negocie? Surtió efecto! Cuando llegamos, el conductor nos dijo que el precio del siguiente coche sería más caro, pero poco más... Como no era lo acordado, le dijimos que no le pagaríamos. Nos pusimos firmes y, al final, el segundo conductor cedió.

Esta vez, el coche el coche era algo más nuevo (del 55) y en mucho mejor estado, y el conductor resultó ser una persona muy agradable. Estuvimos hablando bastante rato con él, haciéndole preguntas de todo tipo, a las que respondió de buen grado.

Llegamos a Holguín y, para nuestra sorpresa, nos dejó en la terminal que no era. Bueno, se vengó por la bajada de precio. Él sabía que ésa no era la terminal que nos correspondía porque era exclusivamente para nacionales. Averiguamos cómo llegar a la terminal correcta y cogimos un bus (que pagamos con moneda nacional) que nos llevaría allá. Fue una experiencia interesante entrar en esos buses. Son como camiones de carga de ganado con una pequeña ranura horizontal en la parte superior y, en el interior, con bancos de madera en los laterales de la camioneta. La gente entraba a presión y hacía un calor asfixiante. La persona que cobra y controla el ingreso va en la parte delantera, con el conductor, y abre y cierra la puerta desde fuera. Desde dentro es imposible salir por tu cuenta o comunicarte con el conductor o el revisor. Es como el típico camión que hemos visto cientos de veces en las carreteras transportando animales.

Llegamos a la terminal y nos tocó esperar toda la tarde, pues el autobús de Holguín a Trinidad salía a las 22h. Dejamos las mochilas grandes en consigna y fuimos a comer cerca de la estación, en un restaurante donde podíamos pagar con moneda nacional. Para no quedarnos en la terminal el resto del día, decidimos ir a dar un paseo, para que uno de nuestros amigos pudiera cambiar dinero y para buscar alguna heladería.

En un momento pasó de una suave llovizna a una tormenta impresionante. Cuando paró un poco, fuimos en busca de unos ricos helados.

Encontramos una heladería que tenía muy buena pinta, así que entramos y nos sentamos. Con gran asombro escuchamos que no servían porque el suelo estaba mojado. Tenían un toldo que impedía que nos mojáramos si volvía a llover, pero como cayó tanta agua, el suelo estaba empapado. Nos dijeron que no servían porque podían caerse y, entonces, les descontarían del sueldo lo que se rompiera o el precio de lo que hayamos pedido... y, claro, ellas tenían hijos que alimentar. Nos lo dijeron con naturalidad, sin intención de darnos pena (y eso fue lo más duro, porque sabíamos que era cierto). Les ofrecimos ir a buscarlo nosotros y que lo pagaríamos aunque nos cayéramos y no nos lo comiéramos... pero no las convencimos. Terminamos hablando con el encargado y nos salimos con la nuestra.


De vuelta a la terminal, nos cambiamos para ponernos ropa seca y nos acomodamos para pasar el resto de la tarde. Una curiosidad de la terminal es que en la puerta de los baños había un hombre haciendo sonar sus monedas y que esperaba que le pagáramos para entrar. Decidimos no pagarle por dos motivos: primero, no le pedían a ningún nacional que pagara, sólo a los extranjeros, y segundo pero no menos importante, el baño daba asco, el olor era insoportable y las cucarachas se divertían correteando entre nuestros pies.

Por fin llegó la hora y nos subimos al autobús. Como no iba lleno, nos pudimos acomodar ocupando dos asientos cada uno y así, intentar dormir un poco.



Llegamos a primera hora a esta hermosa ciudad colonial. Nuestros amigos ya tenían una casa contactada, así que nos fueron a buscar y, caminando, llegamos a nuestro nuevo alojamiento. Dejamos las cosas y salimos para aprovechar el día y que el sol no quemaba tanto. Dimos un paseo por el centro y regresamos a la casa. Nosotros nos fuimos por nuestra cuenta a comer, negociamos y por un buen precio comimos mucho y muy rico.

Locomotora que lleva al Valle de los Ingenios
Descansamos un rato y luego fuimos a la estación de trenes ya que, según nuestra guía, tienen un precioso tren de madera con locomotora de vapor que lleva al Valle de los Ingenios. Lamentablemente nos dijeron que con las lluvias de los últimos meses el tren dejó de funcionar, puesto que se estropearon las vías y aún tenían que arreglarlas (sin previsión temporal). Aún así, preferimos ir a asegurarnos. Confirmamos que no estaban haciendo el recorrido y, además, nos ganamos una visita guiada por uno de los conductores de las locomotoras. Al llegar vimos unos cuatro hombres sentados y bebiendo, obviamente no nos pareció muy buena idea andar por ahí con la cámara y, cuando decidimos dar media vuelta, se nos acercó uno de ellos. Nos contó que es uno de los maquinistas y nos explicó la historia de las locomotoras (que datan de 1915) y su funcionamiento, con todo lujo de detalles.

Después de cenar, decidimos ir a tomar algo y escuchar música en las escaleras de la catedral, donde cada noche tocan en directo y la gente baila. Llegamos un poco tarde, cuando la gente ya estaba borracha y la música no era en directo. Aún así fue entretenido vivir ese ambiente de diversión y despreocupación.

Al día siguiente, nos despedimos temporalmente de nuestros amigos. Ellos regresaron a la Habana y nosotros nos quedamos un día más en Trinidad. Contratamos, por el mejor precio que encontramos, los servicios de un taxista para que nos hiciera el tour del Valle de los Ingenios: el mirador de los ingenios, la torre del ingenio Manaca Iznaga, y la casa del alfarero. Nos recogieron en la casa donde nos alojábamos y empezamos el paseo.

Torre de vigilancia de Manaca Iznaga
Manaca Iznaga es ingenio con una torre de 7 pisos, de unos 45 metros de altura, a los que se accede por escaleras. Mediante el toque de la campana se regulaba la vida del ingenio (la fábrica donde se extraía el azúcar de la caña). Es la torre mejor conservada en la zona azucarera de América y el Caribe. Se dicen muchas cosas de la torre, como que la usaba el amo para controlar a sus esclavos. Puede ser, pues las vistas desde ahí son impresionantes. Alrededor de la torre hay muchos puestecitos de venta de artesanías: muñecas, encajes y calados es lo más abundante.

Por último, nos llevó a la casa del alfarero, que creemos que es pariente suyo. Fue muy interesante ver el proceso de elaboración de los objetos de cerámica. También tiene un coche de principios del siglo XX, un Ford precioso. Uno de sus trabajadores nos regaló, a escondidas, un par de sombreritos de cerámica.

Regresamos a la hora de comer y, para no variar, comimos unos trozos de pizza en la calle. Paseamos un poco más por la ciudad, alejándonos del centro y encontrándonos con gente no muy acostumbrada al extranjero. Llegamos a lo que hace años fuera una hermosa iglesia, ahora en ruinas, y a una calle llena de vida y de gente sentada en sus aceras. Seguimos caminando hasta que llegamos a las escaleras de la catedral, donde cenamos lo que habíamos comprado.



De Trinidad a Santa Clara tuvimos que ir en bus, pues la carretera que va más directa estaba, como no, estropeada por las lluvias y por lo tanto intransitable. Lo más económico era el autobús, que salía muy temprano ya que los taxis colectivos, al tener que dar un rodeo, habían subido el precio, mientras que los buses lo mantuvieron.

Nos pareció curioso que hubiera tanta gente local esperando para entrar en el bus, pero que se quedaron en la puerta porque no había asientos para todos (este autobús sólo tenía asientos en uno de los lados). Toda esta gente se dirigió hacia una esquina de la calle fuera de la terminal, para posteriormente subir al bus (suponemos que a un precio mas reducido y que iría a parar al bolsillo del conductor) y aposentarse en el suelo del mismo.

Al cabo de unas horas llegamos al terminal de Santa Clara, y allí mismo encontramos una oficina de información. Nos vino muy bien, puesto que no teníamos mucha idea de qué visitar en esta nueva ciudad. Nos comentaron que el Memorial del Che se encontraba cerca de allí, en dirección al centro de la ciudad y que el centro estaba unos 20 minutos más allá. Así que encaminamos nuestros pasos hacia el Memorial, al que llegamos en unos 10 minutos. Es un espacio típicamente comunista, una plaza enorme con una estatua del Che, con su fusil en la mano, rodeado de varias columnas con esculturas y escritos sobre su vida.

Tras pasar allí un buen rato leyendo, aprendiendo algo más sobre el Che y disfrutando de la grandiosidad y la tranquilidad de la "plaza", decidimos continuar caminando hacia el centro obviando las ofertas de transporte en pequeños carros tirados por mulas. Al fin llegamos al centro y tras una media hora buscando una casa particular adecuada, decidimos alojarnos en la casa de un hombre que nos dió buen "feeling".

Una vez solucionado el tema del alojamiento teníamos que mirar el transporte que nos llevaría al día siguiente a La Habana. Nuestra idea en un principio era hacer el recorrido en tren, un medio más económico aunque también más lento que el bus. Pero lo que nos dijeron en la estación y la estación misma nos desanimaron: la estación por dentro estaba en muy mal estado, cerca de la ruina, no podíamos comprar el billete por anticipado, debíamos ir el mismo día a la estación a las 6 de la mañana porque la hora prevista a la que llegaría serían las 7, pero aún así no era seguro tener billete puesto que dependía de las plazas disponibles y del orden de llegada. Además con los trenes nunca se sabe, pueden llegar 6 horas tarde, algo bastante normal por lo que nos comentaron. Al final decidimos volver a La Habana en bus, una opción algo más cara, pero infinítamente más rápida y segura.

Otro monumento a visitar era el Asalto al Tren Blindado, recordando un ataque sorpresa que realizó el Che y en el que consiguió una gran cantidad de armamento al mismo tiempo que acabó con muchos soldados del dictador Batista. Creemos que la entrada tenía un costo, pero en nuestro caso recorrimos los diferentes vagones en los que se explica lo que sucedió en ese lugar y en ningún momento nadie nos pidió que pagáramos nada.

Como aún teníamos tiempo, fuimos a dar una vuelta por la ciudad, que nos pareció menos pobre que las que habíamos visitado hasta el momento. Se veían más coches y más modernos que en cualquier otra ciudad cubana.

Después de recorrer la ciudad durante varias horas hasta la noche, volvimos a la casa, dónde estuvimos hablando con el dueño sobre cómo funcionan las casas particulares que pueden alojar extranjeros, los impuestos que les gravan, etc. y nos explicó que el Ché había dormido en nuestra habitación en varias ocasiones. No sabemos hasta qué punto es esto real, pero ... ¡nos hizo ilusión!

A la mañana siguiente, después de un rico desayuno en la casa, agarramos de nuevo las mochilas para dirigirnos a la Terminal. Allí preguntamos cuanto nos costaría un taxi colectivo a La Habana y conseguimos negociar para que nos saliera algo más barato que el bus. Después de esperar para llenar el taxi (al final solo vino una chica más) salimos hacia La Habana, con un taxista que resultó ser más agradable de lo que parecía en un principio y nos explicó los cambios que han ocurrido desde que los cubanos se pueden establecer por cuenta propia, principalmente en el gremio de los taxis.


La Habana

Unas horitas de coche nos llevaron a La Habana, la última parada en nuestro viaje por Cuba. Lo primero que hicimos fue dirigirnos caminando a la casa que habíamos reservado el día anterior. Fuimos caminando desde el terminal y la caminata resultó ser de alrededor de una hora, que con el calor se nos hizo realmente larga. Después de refrescarnos nos dirigimos a casa de David, un couchsurfer muy activo de La Habana y estuvimos charlando con él durante algunas horas y que nos confirmó donde podríamos encontrar a nuestros compañeros de viaje: Mustafá, Michele y Johannes. Como ellos cogerían el avión en los dos siguientes días, decidimos ir a hacerles una visita. Pasamos un agradable rato con ellos hasta que llegó la hora de volver a la casa.

No teníamos muy claro qué taxi colectivo debíamos coger, por lo que preguntamos a uno de los chicos que organizaban a la gente y nos indicó un taxi. Subimos confiados y le indicamos al taxista la dirección exacta a la que nos dirigíamos. Nos miró extrañado pero siguió adelante sin decir nada. Cuando llevabamos un buen rato de recorrido vimos que la numeración de las calles no se correspondía con las que se podía encontrar en la zona a la qué ibamos. Javita se lo hizo notar y el taxista nos dijo que esa dirección no existía en la zona en la que estábamos. Tras una pequeña discusión decidió llevarnos a la dirección correcta. Cuando llegamos allí nos reclamó que le pagaramos 6 CUC, algo más del triple del precio normal. Lógicamente le dijimos que no, que el error había sido suyo por no decirnos desde un principio que no nos llevaría donde le habíamos indicado. Así que diciendo que nos lo pediría por las buenas sacó un punzón de la guantera del coche y se lo puso a la espalda. Viendo que se estaba poniendo muy nervioso y que podría llegar a pasar una desgracia, decidimos pagarle para evitar un mal mayor.

Puesta de sol en La Habana
El siguiente día, aún con el susto en el cuerpo, quedamos con dos de nuestros compañeros (el otro ya cogió un avión para salir de Cuba). Dimos una vuelta por el centro de la ciudad para visitar la catedral, el edificio Bacardi, el Hotel Sevilla, ... y antes de cenar en el Chanchullero decidimos subir a la terraza del Hotel Parque Central a ver la puesta de sol. ESPECTACULAR. Fue una bonita despedida de nuestros amigos, que de madrugada, cogían el avión que les llevaría de vuelta a México.

Sólo nos quedaban un par de días en La Habana, así que queríamos aprovecharlos. El penúltimo quedamos de nuevo con David para ir a hacer snorkel en una zona situada a un extremo del malecón. Desgraciadamente el mar estaba movido y el cielo bastante nublado, por lo que la visibilidad no era del todo buena. De todas formas disfrutamos como niños el tiempo que pudimos bucear.

Al final llegó el último día de nuestra aventura cubana. Habíamos quedado con Rene, un amigo al que conocimos en el Chanchullero, que casualmente también era amigo de David. Nos llevó a su casa en Habana del Este, nos invitó a comer, nos enseñó su barrio y pudimos ver como viven los auténticos habaneros, nos explicó en qué consistían las microbrigadas, etc. Fue un día realmente especial y la despedida resultó muy triste por el vínculo que se había establecido entre nosotros. Pero nuestro viaje continúa, en este caso fuera de Cuba, porque esa misma noche cogimos un taxi para el aeropuerto.


Información que te puede interesar:

* ¿Cuándo fuimos?: Mediados de junio de 2012

-Taxi colectivo de Baracoa a Moa
- 25 CUC (5 por persona)

-Taxi colectivo de Moa a Holguín
- 25 CUC (5 por persona)

- Autobús de Holguín a Trinidad
- 26 CUC por persona

- Tour Mirador de los Ingenios, Villa de los Ingenios, Casa del Alfarero
- 13 CUC

- Habitación en casa particular en Trinidad
- 16 CUC (10 CUC la habitación y 3 CUC cada desayuno)

- Bus Trinidad a Santa Clara
- 8 CUC por persona

- Habitación en casa particular en Santa Clara
- 19 CUC (15 CUC la habitación y 2 CUC cada desayuno)

- Taxi colectivo de Santa Clara a La Habana
- 15 CUC por persona

- Colectivos en La Habana
- 10 MN (o 0,50 CUC)

- Habitación casa particular en La Habana
- 20 CUC (incluye pequeño desayuno)

- Taxi al aeropuerto (concertado de antemano)
- 15 CUC

- Tasa de salida de Cuba
- 25 CUC


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