Santiago de Cuba - Baracoa

Desde Pinar del Río, en la parte occidental de Cuba, cogimos un taxi hasta la terminal de la Habana. Una vez allá, nos pasamos toda la tarde esperando para comprar el pasaje para ir a Santiago, en el extremo oriente de la isla. El bus que queríamos coger era el de las 18h ya que el trayecto eran 12 horas, así nos ahorraríamos alojamiento y aprovecharíamos la noche para viajar.

En la terminal conocimos a un chico turco y una chica australiana que viajaban juntos a nuestro mismo destino. Como su español era escaso y nosotros somos buena gente, decidimos echarles una mano. Se empezaban a impacientar porque el tiempo pasaba y no les vendían los pasajes, les dijimos que era lo habitual en esa oficina pero que no se preocuparan porque los tenían (aparentemente) en cuenta. Ellos iban a Santiago a reunirse con un amigo alemán que estaba ahí desde hacía un par de días. Por suerte, el bus iba medio vacío y los cuatro nos distribuimos ocupando 2 asientos cada uno.



La dueña de la casa de Pinar del Río se puso en contacto con una persona en Santiago para que fuéramos a ver su casa y decidir si nos queríamos quedar ahí (en principio, sin compromiso y con las mismas condiciones que en Pinar). Nuestra sorpresa fue grande al comprobar, cuando llegamos a la terminal de Santiago, que había dos personas esperándonos. Desde Pinar nos habían repetido una y otra vez que, para que mantuvieran el precio, debíamos llegar por nuestra cuenta a su casa, pero ello se adelantaron mandando un taxi... que debimos pagar nosotros, claro.

En fin, llegamos y nos dieron desayuno (el dueño nos lo ofreció como si fuera detalle de la casa, pero obviamente lo cobraron después). Por suerte confirmamos el precio, pues según él no le habían informado de nada. No nos gustó nada su reacción. Dejamos las cosas, descansamos un rato, nos dimos una ducha y nos fuimos al Parque Céspedes (la plaza de la Catedral) a reunirnos con nuestros nuevos amigos.

Por el camino nos encontramos con el supuesto cuñado del dueño, que dijo que estaba en la casa cuando nosotros llegamos (la verdad es que ninguno de los dos recordábamos a nadie más en la casa) y que causalmente iba hacia el mismo sitio que nosotros (aunque os lo encontramos de frente). Por el camino nos dijo que trabajaba en un hotel y que si queríamos ir a la piscina estábamos invitados, que no tendríamos que pagar nada, y nos regaló (contra nuestra voluntad) dos paquetitos de puros. Cuando faltaba poco para el Parque, nos pidió dinero. Le dijimos que habíamos decidido no dar dinero y gastar lo imprescindible, a lo que respondió que él nos había regalado los puros. No nos permitió devolvérselos porque era un regalo, pero insistía en que le diéramos dinero. Decidimos darle algo de moneda nacional, que despreció al acto, pues quería CUC para comprar una botella de alcohol... Como si eso nos fuera a convencer más!

Conseguimos despedirnos de él, sintiendo por la espalda cómo nos maldecía, y llegamos al Parque. Con el poco rato que llevábamos ahí, nos hicimos una idea general de lo que confirmaríamos después: no nos gustó la ciudad ni la gente. Cada dos por tres venían a pedirnos dinero, insistentemente, como si fuéramos cajeros automáticos con piernas.

Fuimos los cinco a tomar algo a una cafetería de moneda nacional, donde había un niñito jugando solo. Nos acercamos y le dimos un caramelo, con su carita de felicidad pagó el precio. Por la tarde volvimos al mismo sitio y la madre, que trabajaba ahí como camarera, nos pidió que le compráramos un refresco "porque ella no tenía para eso". Le recordamos que le habíamos dado un caramelo por la mañana, pero pareció no importarle e insistió maleducadamente en que lo compráramos.


Organizamos un poco los siguientes días con nuestro nuevo grupo: por la tarde haríamos un city tour y al día siguiente nos iríamos a Baracoa. Teníamos ganas de irnos de ahí.

Una de las murallas del Castillo
Contratamos un city tour con un taxista, que consistía en ir a: cuartel Moncada (cuyo asalto fallido dió origen a la revolución cubana y que, en el momento de nuestra visita, ya estaba cerrado), el Santuario de la Virgen del Cobre o Basílica Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre (patrona de Cuba), el Castillo del Morro (fortaleza militar del siglo XVII y el precio de cuya entrada pudimos negociar en la puerta), y el cementerio Santa Ifigenia (en la ciudad de Santiago, donde se encuentra un Mausoleo de 24 metros de altura dedicado a José Martí, héroe de la revolución cubana).

Lo mejor, sin duda alguna, el Castillo del Morro. El Santuario no es nada del otro mundo, pero es la patrona del lugar, así que... Para el Cementerio hacen pagar entrada y, aparte, pagar si quieres tomar fotos.

Al regresar, volvimos a descansar un rato en la casa y luego salimos a reunirnos con nuestros amigos para ir a cenar algo en una avenida cerrada al tráfico que por las noches se llena de gente, música y lugares donde comer. Quizá uno de los mejores lugares de Santiago de Cuba.



Bien temprano en la mañana nos fuimos a la terminal para coger un bus hacia Baracoa. El segundo tramo del trayecto (de Guantánamo a Baracoa) fue un poco pesado por la cantidad de curvas que había. ¡Por fin llegamos a nuestro destino!

Al estar en la costa, nos azotó una bofetada de humedad. Cogimos un bici-taxi para ir hasta la casa que habían reservado desde Santiago, el pobre taxista tuvo que cargar con 3 adultos y sus respectivas mochilas. Fue entretenido ver cómo, a pesar del esfuerzo, quería mantener un diálogo con nosotros y otros compañeros suyos.

Llegamos a la casa, nos repartimos las habitaciones y salimos a pasear para ubicarnos en el nuevo lugar. Nos encantó. El pueblo en sí no tiene edificios interesantes y tampoco es especialmente bonito, pero la gente y el ambiente, tranquilo y relajado, le dan un atractivo interesante. La gente es muy amable, te saludan aún sin conocerte y no piden dinero si no es a cambio de algo (información, transporte, etc.).

Habíamos planeado irnos al día siguiente, pero nos gustó tanto que decidimos quedarnos un día más. Al día siguiente iríamos a la playa Maguana y a bañarnos al río. Pero esa tarde la dedicaríamos a explorar el pueblo y descubrir sus encantos.

Vimos el atardecer desde la bahía, donde hay un barco oxidado y encallado y donde se puede caminar por los acantilados (no muy grandes) que terminan en el mar. Espectacular.

De vuelta a la casa, encontramos un restaurante con comida buena y precios razonables. ¡Por fin comimos pescado! De regreso en casa, subimos a la azotea y compartimos unas buenas conversaciones, amenizadas con algo de alcohol. Eso es vida.

Al día siguiente, cuatro de nosotros fuimos a la playa. Se tarda demasiado en llegar, teniendo en cuenta que solo está a 12 km del pueblo. El taxista era un hombre muy agradable con quien pudimos conversar un poco. Lo mejor es el recorrido, que pasa por el Parque Nacional Hubolt, disfrutar del paisaje, de la carretera de tierra que pasa por entre casas, personas caminando, otras sentadas en las entradas de sus casas viendo la vida pasar,...

Playa Maguana
Por fin llegamos a una especie de paraiso: la playa Maguana. Arena blanca y fina y agua transparente. Paseamos hasta el final, en silencio, disfrutando al máximo de la serenidad que da el mar en calma. Por el camino vino a nuestro encuentro un hombre que nos ofreció comer langosta en la playa... ¡qué gran tentación! Negociamos el precio y acordamos la hora en que nos lo servirían. También nos cruzamos con un hombre grande que cargaba un machete enorme y nos preguntó si queríamos coco. Nos apetecía mucho (y, aunque no nos hubiera apetecido, cualquiera se atreve a decir que no), así que se fue a trepar por las palmeras para traernos los mejores ejemplares, los abrió con una gran maestría y nos los ofreció con ternura.

Ya os podéis imaginar lo estresados que nos sentíamos: solos en una playa caribeña, remojados en agua templada, bebiendo agua de coco y, para rematar, sentados en la arena con un enorme plato de langostas, otro de arroz y otro de patacones. ¿Quién dijo que hemos venido a este mundo a sufrir?

Cuando nos cansamos de estar ahí, decidimos regresar y hacer un alto en el río, para bañarnos en él. Obviamente el agua estaba bastante más fría que en la playa, pero era igual de transparente. Estuvimos lanzando piedras mientras nos convencíamos de que queríamos entrar en el río. Nada más llegar nos llamó la atención un grupo de gente que también se estaba bañando, las mujeres estaban cantando canciones muy divertidas.

Nuestro platito de sopa
Decidimos volver al pueblo y nos acercamos al grupo para darle unos caramelos a un niño que estaba con ellos y quien había "competido" tácitamente con algunos de nosotros en los tiros de las piedras. Nos contaron que estaban celebrando el cumpleaños de una de ellas y que habían preparado sopa. Nos ofrecieron un poco, en un plato de metal que pusieron rápidamente en el agua del río para que se enfriara un poco, y compartieron con nosotros su botella de ron. Cantamos el "cumpleaños feliz" y, con mucho agradecimiento, nos retiramos.

Fue una velada mágica. Es increíble lo que la gente que nos rodea influye en nuestras vivencias.

Esa noche nos fuimos a dormir no muy tarde ya que al día siguiente debíamos partir hacia Trinidad realizando, para economizar, un sinfín de cambios de transporte: Baracoa-Moa, Moa-Holguín, Holguín-Trinidad.


Información que te puede interesar:

¿Cuándo fuimos?: Segunda semana de junio de 2012

Bus La Habana a Santiago de Cuba:
- 51 CUC/persona
- 12 horas

City Tour  Santiago:
- Transporte: 7,5 CUC/persona (taxi para 6 personas)
- Entrada al Castillo del Morro: 3 CUC (negociado)

Bus Santiago a Baracoa:
- 15 CUC/persona
- 5 horas

Transporte Playa Maguana y río:
- 5 CUC/persona (taxi para 4 personas)
- Todo el día



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