La Habana, Pinar del Río, Viñales y María la Gorda

La noche anterior, en Bogotá, nos fuimos a tomar unas cervezas con nuestros amigos Isma y Diana y regresamos algo tarde a su piso. Muertos de sueño, nos pusimos a hacer las mochilas. Habíamos decidido dejar la mochila grande de Oscar en Bogotá y viajar esos 18 días con las mochilas pequeñas. Nos llevamos mi mochila (de 45L) para la ropa de los dos y metimos los aparatos electrónicos (tablet, kindle y cámara) en la mochila pequeña. ¡Lo conseguimos! (ejemplo claro de lo que aprendimos jugando al tetris de pequeños).

Emocionados y nerviosos, nos levantamos. ¡Qué madrugón más bonito! Nos despertamos con la canción de Tontxu en la cabeza: "íbamos a Cuba, íbamos contentos, íbamos saltando por el aeropuerto...". Ya nos conocíamos el aeropuerto y sabíamos adónde debíamos ir, pues la tarde anterior (sábado) nos entraron las dudas sobre cómo gestionar el visado de turista y después de recorrer varias agencias de viaje, terminamos yendo al aeropuerto para confirmar si nos podríamos ir o no al día siguiente.


La Habana (parte I)

Llegamos al aeropuerto de la Habana. Calor, humedad, bochorno... Qué gran contraste con la fría Bogotá (conocida en el resto de Colombia, y con gran acierto, como "la nevera"). Solo pudimos cambiar 20 euros aunque, por suerte, había un cajero en el que obtener efectivo (¡ojo! cobra comisión, aparte de la que te cobra tu propio banco).

Nos subimos a un taxi y pedimos que nos llevaran al hostel. Estábamos muy emocionados mirando el paisaje, las casas y la gente y maravillados por los coches que pasaban. Nos sentíamos en un desfile de coches antiguos.

Por primera vez en lo poco que llevábamos de viaje (justo un mes), nos sentíamos extranjeros. Sentíamos que, de verdad, estábamos de viaje. Hasta entonces, Colombia nos había resultado muy familiar. Aquí, en Cuba, todo es distinto. Seguramente influyó que tuviéramos la sensación de haber retrocedido en el tiempo: España de los cincuenta con gente caribeña. Una mezcla curiosa.

Coche, uno de tantos
Dimos un paseo, desde el estadio Latinoamericana hasta el Malecón, pasando por calles poco transitadas que demuestran la trascendencia del descanso dominical. Todo nos llamaba la atención: la ropa tendida en las casas, unos niños jugando a baseball en un patio interior, un grupo de hombres discutiendo apasionadamente sobre algún tema candente e imposible de entender, un Lada de los años 70, otro carro de los 50,... Un sinfín de estímulos.

Pescando en el Malecon

Llegamos al Malecón. Entonces entendimos dónde estaba toda la gente. Parejas, familias, grupos de amigos,... todos en ese paseo marítimo. Bordeamos el mar por un escenario de película, con neblina incluida. Nos sorprendió la cantidad de hombres que estaban pescando (o intentándolo). Con el paso de los días nos surgió la pregunta: ¿era entretenimiento o necesidad?

Regresamos al hostel con el tiempo justo para darnos una ducha rápida y salir de nuevo. Un chico que trabaja en el hostel había propuesto ir a tomar unos mojitos e ir a bailar. Como siempre, a pesar del cansancio, nos apuntamos sin dudarlo. Por la calle Obispo, fuimos a parar al bar. Era un sitio claramente enfocado a extranjeros o cubanos con dinero. Nos sentamos en una mesa a tomar las bebidas y a observar cómo bailan. Impresionante. Obviamente, tienen el ritmo en los genes, no hay otra explicación. Constatamos que el amor no tiene edad, pues era increíble la cantidad de parejas formadas por hombres en edad de jubilación con chicas que, en ocasiones, podrían pasar por sus nietas... pero más aún las opuestas: mujeres mayores con chicos jovencitos. Todos los jóvenes (hombres y mujeres) eran cubanos. Curiosa casualidad. La vida es así.

Nos animamos a bailar unas cuantas canciones (incluidas bachatas: un, dos, tres... un, dos, tres...) hasta que nos aburrimos de hacer los mismos pasos. De las clases que recibimos sólo nos quedaron los nombres pero no los pasos en sí. De todos modos, fue entretenido y pasamos una gran noche.

El Capitolio "by night"
Era más de la 1 de la madrugada y se seguía respirando aire de seguridad en la calle. Asombroso. Hasta pudimos tomar varias fotos de la luna llena que relucía sobre el Capitolio.

Nos fuimos a dormir con una única nota negativa: habíamos pedido el desayuno del día siguiente a las 8.30h.

Terminamos saliendo cuando el sol estaba más fuerte. Somos así de... ¿valientes?. Fuimos a la plaza de la Revolución, donde están los gigantescos retratos del Ché y de Fidel Castro frente al monumento a José Martí (en el cual hay que pagar para entrar, para ir al museo, para el mirador,...). Nos pareció suficiente contemplarlo desde fuera.

Luego, en dirección a la terminal de autobuses, pasamos por un parque fantasmagórico y que no nos dio nada de buenas vibraciones. En lo alto de ese parque abandonado hay un cerco que lo separa de una zona militar. Resolvimos dejar de investigar y nos fuimos a la terminal. Nos dirigimos al punto de información, hicimos cola (aquí, "fila") y cuando nos tocó turno nos informaron que, al ser extranjeros, debemos ir a Vía Azul, los autobuses para foráneos que se pagan con peso convertible, la moneda para extranjeros. Preguntamos horarios y precios de los que van a Santiago de Cuba, ciudad situada en la otra punta de la isla.

Comimos en el hostel y salimos hacia la Habana vieja otra vez. Buscábamos un bar-restaurante llamado "El Chanchullero" que nos había recomendado un couchsurfer cubano. Llegamos y nos sentamos en el piso de arriba. René, un camarero por accidente, nos atendió con esmero y ahínco. Mientras comíamos, estuvimos hablando con él sobre su realidad cubana, y en eso continuamos mientras tomábamos unos riquísimos mojitos. Nos despedimos de nuestro nuevo amigo llevándonos su número de teléfono y una agradable velada, y con la promesa de ponernos en contacto a nuestro regreso a La Habana.

Al día siguiente, como no podía ser de otra manera, teníamos acordado el desayuno a las 8.30h. Nos levantamos 5 minutos antes, fuimos al piso de arriba, tomamos desayuno y nos volvimos a meter en la cama. Decidimos volver a la parte antigua de la ciudad. Teníamos tanto calor que tardamos casi el doble de lo habitual en llegar al centro. Pasamos por puestecitos de venta de ropa, de recambios, de zapatos, etc. Algunas personas mirando, pero nadie comprando. Pregunté el precio de un vestido de poca calidad y que no era ninguna maravilla: 15 CUC, el equivalente a 15$. ¿Quién va a comprarlo con los reducidos sueldos que tienen?

Por fin entendimos dónde está el encanto de la Havana vieja, ésa que ha enamorado a tantos. Hasta entonces habíamos caminado por la parte menos turística, menos maquillada. Nuestra sorpresa fue enorme al toparnos con edificios recién pintados y plazas relucientes. Llegamos a la plaza de Armas, donde había un mercadillo de libros. Habíamos decidido no comprar nada porque en las mochilas no nos cabe nada más y porque supone andar acarreándolo el resto de nuestro viaje, pero no pude evitar la tentación de comprar el libro "Pasajes de la guerra revolucionaria", que se basa en el diario escrito por el Ché.

Después de cenar preparamos las mochilas, pues al día siguiente nos íbamos a... Pinar del Río. Sí, en un comienzo habíamos decidido ir a Santiago de Cuba e incluso solo habíamos pedido información sobre ese destino. En el último momento, cambiamos los planes y de rumbo: en lugar de ir al oriente, empezaríamos por el occidente.



Como no sabíamos el horario de los buses, nos plantamos en la terminal de autobuses a las 10.30h de la mañana. Allá nos informaron que el autobús salía a las 15h y que debíamos estar ahí a las 14.30h para comprar los pasajes ya que, por algún extraño motivo, no podían venderlos antes. Como hacía tanto calor, preferimos quedarnos en la terminal, leyendo nuestros respectivos libros.

Después de ir a comer, llegamos a Via Azul un poco antes de la hora indicada pero seguían sin poder vendernos los pasajes. Cuando faltaba media hora para la salida del autobús, dijeron que nos avisarían. Veinte minutos después, con la típica impaciencia europea, volví a insistir. No tuve éxito. Sólo faltaban 10 minutos y no había variado un ápice su actitud. De repente, se despertaron y nos vendieron los pasajes a toda prisa. ¿Acaso es que el bus se iba? Claro que no, nos tocó seguir esperando... aunque ahora con los pasajes en la mano. Cuando la señorita que atendía al público lo consideró oportuno, nos mandó seguir a un chico jovencito hasta la zona de los buses. De los buses para extranjeros. Los nacionales van por otro lado. Y una vez traspasada la puerta, vuelta a esperar.

Cuando llegó el bus, nos abrigamos bien, pues contrarestan el calor y humedad del exterior creando un pequeño glaciar móvil. Llegamos a Pinar del Río sobre las 17h y solo nos bajamos nosotros dos. El resto continuaban a Viñales. No teníamos reserva ni recomendaciones para alojarnos en ninguna parte, pero confiábamos en nuestra buena estrella. Nada más bajar del autobús, se nos avalanzó una multitud preguntando si queríamos alojamiento o taxi. A todos dijimos que no, pero uno insistió más que el resto y nos acompañó a una casa. Nos encantó la habitación, muy limpia y cuidada, y con baño privado. ¡Qué lujo! Como era la primera habitación que veíamos, no queríamos aceptar tan rápido, así que fuimos honestos y les dijimos que nos gustaría ver otras casas. Involuntariamente, eso propició que rebajaran el precio (por suerte es temporada baja aún y no hay muchos clientes).

Conseguido el alojamiento, fuimos a averiguar excursiones. Contratamos dos: "Viñales" y "María la Gorda". Organizados los dos días posteriores, nos dispusimos a recorrer un poco la ciudad. Si alguien busca edificios impresionantes e históricos es mejor que no vaya a Pinar del Río, aunque a nosotros nos pareció una ciudad muy agradable.

Cenamos en un restaurante donde nos habían ajustado el precio del menú. Todo estaba realmente bueno: arroz moro -con frijoles-, unas viandas típicas fritas y otras cocidas, ensalada de tomate y pepino, y carne. Tanto la comida como el servicio, merecen un 10. Después nos decidimos a tomar unos mojitos en la barra y, de paso, nos pusimos a hablar con el barman y con dos hombres más que estaban a nuestro lado. De repente, vimos aparecer una gran neblina en la calle que lo cubría todo. Hasta nos asustamos un poco. Qué cara debíamos poner para que rápidamente nos explicaran que todas las noches fumigan las calles para evitar los mosquitos. Asombroso. Un poco tóxico, quizá, pero efectivo al fin y al cabo.

Después de los mojitos, nos invitaron a un chupito de un licor fabricado allí, llamado guayabita. Fortísimo. Seguimos conversando un rato con ellos, hasta que decidimos ir a dormir ya que al día siguiente debíamos levantarnos pronto para ir a Viñales.



Nos levantamos somnolientos por no haber podido dormir bien la noche anterior. Mientras desayunábamos, le comentamos a la dueña de la casa sobre la existencia de un grillo bajo la cama. Muy apenada por lo sucedido, mandó revisar la habitación de arriba abajo, sacando el grillo okupa. Posteriormente nos contó que, por suerte, lo habían encontrado pues las casas se fumigan cuando lo establece el gobierno y que una fumigación extra (como ellos llaman, "por la izquierda") resulta carísima.

Llegamos a la agencia de viajes donde habíamos contratado la excursión, nos subimos a un taxi oficial y nos dirigimos a Viñales. Estábamos tan cansados que nos fuimos medio durmiendo esos menos de 20 minutos que distan de una ciudad a otra. Ya a la entrada de Viñales nos dimos cuenta de la gran cantidad de casas particulares que alojan a extranjeros (señalizadas con una especie de ancla azul), que contrastaba con la gran cantidad de casas particulares orientadas a nacionales que hay en Pinar del Rio (señalizadas con el mismo símbolo pero en color naranja). Fuimos a recoger a quien nos haría de guía y empezaron las explicaciones.

Vista del Valle de Viñales
  Primero nos dirigimos a un mirador que está al lado de un hotel, desde donde se puede observar un valle precioso. De ahí, fuimos al Mural de la prehistoria, una enorme pintura en una roca alisada al efecto y que, en ese momento, estaban restaurando algunos hombres colgados de cuerdas. Después fuimos a una hacienda donde hacen puros y nos explicaron el proceso de elaboración (cuándo se recogen las hojas, cuáles son las mejores, el tiempo que necesitan de secado, cómo se hace un puro y cómo se deben conservar para que mantengan la calidad). Finalmente nos invitaron a algo de fruta y un café.

Continuamos con el tour y llegamos al Palenque de los Cimarrones. Los "cimarrones" eran los esclavos negros que, en la época de la colonización española, lograban huir y se refugiaban en las montañas. Al final del recorrido por el interior de la montaña, donde hay una reconstrucción de la vida que llevarían ahí, se ubica un restaurante. Este restaurante recoge la mezcla de religiones: la cristiana y la africana. Según los colores, son unos dioses u otros y, a su vez, éstos estaban asociados a unos santos concretos.

De ahí, pasamos a la Cueva del Indio. Antes de entrar, probamos el jugo de caña, exprimido al momento. Es muy rico. Es difícil de creer que de un trozo de madera salga tanto jugo. Entramos en la cueva, recorrimos un trecho a pie y después llegamos a un río subterráneo. Nos subimos en una lancha que iba bastante rápida, así que fue difícil tomar alguna foto decente. Salimos a una especie de laguna, donde nos bajamos para atravesar un pasillo de puestos de artesanía.

Poco después fuimos al restaurante donde comimos excelente y abundante comida. El postre estaba tan rico, que pudimos repetir. El guía y el chófer comieron aparte, aunque les invitamos a compartir la mesa con nosotros. Luego nos comentó el guía que el chófer no estaba acostumbrado a sentarse junto con los extranjeros. Después del almuerzo, volvimos a la casa donde nos alojábamos.

Como tuvimos la tarde libre, fuimos a recorrer más a fondo el pueblito donde estábamos. Nos gustó mucho, aunque no tiene nada realmente interesante.


-María la Gorda-

Fuimos a la dirección que nos dieron, donde deberíamos coger el bus que nos llevaría a la playa María la gorda. Estaba casi lleno de gente durmiendo. Parece que en Viñales hay bastante fiesta nocturna. El camino es largo, unas 3 horas de viaje, primero por una carretera principal y después por un camino de tierra donde, de repente, aparecieron miles de cangrejos cruzando de un lado a otro.

Playa en Maria la Gorda
Llegamos justo para poder ir a hacer una inmersión. Es caro pero valió la pena, sobre todo porque llevábamos mucho tiempo sin bucear. Pagada una inmersión, negociamos con el que sería nuestro guía para hacer otra "por la izquierda" (nos resultó más económica, pero aún así, nos pareció caro). Después de comer, le pedimos que nos prestara unas gafas para hacer snorkel, y ahí nos quedamos todo el rato en el agua. Es suficiente con hacer snorkel, pues es increible la cantidad de peces de varias especies que vimos, incluso una morena cerca de la orilla. Fue genial. Si hay alguien que no sea muy amigo del mar, también vale la pena visitar esa playa paradisíaca, de arena blanca y palmeras.

Volvimos a la casa y a través del yerno de la dueña de la casa, contratamos un taxi colectivo para ir al día siguiente hasta La Habana, que salía mucho más barato que el bus.


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