San Agustín

Después de unos días en Bogotá, recuperándonos de nuestro improvisado viaje a Cuba,del cual hablaremos más adelante, continuamos nuestro viaje por Colombia.

Llegamos a San Agustín después de viajar toda la noche en un autobús que parecía un iglú. Fue el primero (y, de momento, único) en el que nos prestaron una manta y nos dieron algo de beber y comer. Tardamos una hora y media más de lo previsto, lo que nos supo fatal porque nuestro couchsurfer tuvo que madrugar en balde.


El Tablón - La Chaquira

El mismo día de nuestra llegada, decidimos ir a La Chaquira, donde hay unas rocas talladas pre-colombinas y un mirador, una excursión de 3 km.

Cuba: información para tu viaje

Este post cierra nuestras publicaciones cubanas por el momento. Nuestros días en ese increíble país dan para un libro entero dedicado, exclusivamente, a su gente, su vida, su alma. Por cuestiones de tiempo, no podemos dedicarnos a ello en este momento, pero no descartamos hacerlo en un futuro... quizá cuando nos jubilemos.

Lo que no debes perderte de Cuba:

1. Su gente. Es lo más maravilloso del mundo. Gente interesante, comunicativa, agradable... un sinfín de adjetivos positivos. Pero no las personas del hotel o que organizan tours que llevan incorporada la amabilidad en su salario, nos referimos a la gente de la calle, la auténtica.

2. Atardecer en La Habana. Nos colamos en el Hotel Parque Central, cerca del Capitolio, y fuimos a la terraza del último piso. Hay unas preciosas vistas del centro de la ciudad y del mar, mejorables sólo con la puesta de sol. Duración: mínimo 30 minutos - 1 hora.

Trinidad - Santa Clara - La Habana

Baracoa - Moa - Holguín

Decidimos despedirnos de Baracoa, un pueblito con mucho encanto, para continuar nuestro viaje hacia el centro de Cuba. Podíamos elegir entre ir en autobús, pero regresando a Santiago y de ahí otro para nuestro destino: Trinidad. O, como éramos cinco personas con la misma ruta, decidimos coger un taxi de Baracoa a Moa, donde cogeríamos otro hasta Holguín, y de ahí un bus a Trinidad. Quizá es un poco más largo, pero también más bonito el paisaje, y evitábamos tener que pasar por Santiago, ciudad de la que nos quedó un mal recuerdo.

Nos despertamos pronto, pero sin pegarnos tampoco el gran madrugón. Nos fueron a buscar a la casa donde nos alojábamos, en un coche del año 52 bastante destartalado. Fueron dos horas y media de suplicio, los de atrás o no tenían espacio suficiente para las piernas o el asiento era una tabla. Pero el paisaje era muy bonito, a través del Parque Humbolt. Habíamos acordado con el conductor que le pagaríamos cuando él hubiera negociado con el siguiente conductor el precio del segundo trayecto (Moa-Holguín), ya que habíamos fijado un máximo que íbamos a pagar y nos aseguraron que sería por ese precio. Como siendo extranjeros todos piensan que tenemos dinero, queríamos asegurarnos que no se nos dispararía el precio. ¿Qué mejor que acordar que no le pagarás hasta que lo negocie? Surtió efecto! Cuando llegamos, el conductor nos dijo que el precio del siguiente coche sería más caro, pero poco más... Como no era lo acordado, le dijimos que no le pagaríamos. Nos pusimos firmes y, al final, el segundo conductor cedió.

Esta vez, el coche el coche era algo más nuevo (del 55) y en mucho mejor estado, y el conductor resultó ser una persona muy agradable. Estuvimos hablando bastante rato con él, haciéndole preguntas de todo tipo, a las que respondió de buen grado.

Llegamos a Holguín y, para nuestra sorpresa, nos dejó en la terminal que no era. Bueno, se vengó por la bajada de precio. Él sabía que ésa no era la terminal que nos correspondía porque era exclusivamente para nacionales. Averiguamos cómo llegar a la terminal correcta y cogimos un bus (que pagamos con moneda nacional) que nos llevaría allá. Fue una experiencia interesante entrar en esos buses. Son como camiones de carga de ganado con una pequeña ranura horizontal en la parte superior y, en el interior, con bancos de madera en los laterales de la camioneta. La gente entraba a presión y hacía un calor asfixiante. La persona que cobra y controla el ingreso va en la parte delantera, con el conductor, y abre y cierra la puerta desde fuera. Desde dentro es imposible salir por tu cuenta o comunicarte con el conductor o el revisor. Es como el típico camión que hemos visto cientos de veces en las carreteras transportando animales.

Llegamos a la terminal y nos tocó esperar toda la tarde, pues el autobús de Holguín a Trinidad salía a las 22h. Dejamos las mochilas grandes en consigna y fuimos a comer cerca de la estación, en un restaurante donde podíamos pagar con moneda nacional. Para no quedarnos en la terminal el resto del día, decidimos ir a dar un paseo, para que uno de nuestros amigos pudiera cambiar dinero y para buscar alguna heladería.

En un momento pasó de una suave llovizna a una tormenta impresionante. Cuando paró un poco, fuimos en busca de unos ricos helados.

Encontramos una heladería que tenía muy buena pinta, así que entramos y nos sentamos. Con gran asombro escuchamos que no servían porque el suelo estaba mojado. Tenían un toldo que impedía que nos mojáramos si volvía a llover, pero como cayó tanta agua, el suelo estaba empapado. Nos dijeron que no servían porque podían caerse y, entonces, les descontarían del sueldo lo que se rompiera o el precio de lo que hayamos pedido... y, claro, ellas tenían hijos que alimentar. Nos lo dijeron con naturalidad, sin intención de darnos pena (y eso fue lo más duro, porque sabíamos que era cierto). Les ofrecimos ir a buscarlo nosotros y que lo pagaríamos aunque nos cayéramos y no nos lo comiéramos... pero no las convencimos. Terminamos hablando con el encargado y nos salimos con la nuestra.

Santiago de Cuba - Baracoa

Desde Pinar del Río, en la parte occidental de Cuba, cogimos un taxi hasta la terminal de la Habana. Una vez allá, nos pasamos toda la tarde esperando para comprar el pasaje para ir a Santiago, en el extremo oriente de la isla. El bus que queríamos coger era el de las 18h ya que el trayecto eran 12 horas, así nos ahorraríamos alojamiento y aprovecharíamos la noche para viajar.

En la terminal conocimos a un chico turco y una chica australiana que viajaban juntos a nuestro mismo destino. Como su español era escaso y nosotros somos buena gente, decidimos echarles una mano. Se empezaban a impacientar porque el tiempo pasaba y no les vendían los pasajes, les dijimos que era lo habitual en esa oficina pero que no se preocuparan porque los tenían (aparentemente) en cuenta. Ellos iban a Santiago a reunirse con un amigo alemán que estaba ahí desde hacía un par de días. Por suerte, el bus iba medio vacío y los cuatro nos distribuimos ocupando 2 asientos cada uno.



La dueña de la casa de Pinar del Río se puso en contacto con una persona en Santiago para que fuéramos a ver su casa y decidir si nos queríamos quedar ahí (en principio, sin compromiso y con las mismas condiciones que en Pinar). Nuestra sorpresa fue grande al comprobar, cuando llegamos a la terminal de Santiago, que había dos personas esperándonos. Desde Pinar nos habían repetido una y otra vez que, para que mantuvieran el precio, debíamos llegar por nuestra cuenta a su casa, pero ello se adelantaron mandando un taxi... que debimos pagar nosotros, claro.

En fin, llegamos y nos dieron desayuno (el dueño nos lo ofreció como si fuera detalle de la casa, pero obviamente lo cobraron después). Por suerte confirmamos el precio, pues según él no le habían informado de nada. No nos gustó nada su reacción. Dejamos las cosas, descansamos un rato, nos dimos una ducha y nos fuimos al Parque Céspedes (la plaza de la Catedral) a reunirnos con nuestros nuevos amigos.

Por el camino nos encontramos con el supuesto cuñado del dueño, que dijo que estaba en la casa cuando nosotros llegamos (la verdad es que ninguno de los dos recordábamos a nadie más en la casa) y que causalmente iba hacia el mismo sitio que nosotros (aunque os lo encontramos de frente). Por el camino nos dijo que trabajaba en un hotel y que si queríamos ir a la piscina estábamos invitados, que no tendríamos que pagar nada, y nos regaló (contra nuestra voluntad) dos paquetitos de puros. Cuando faltaba poco para el Parque, nos pidió dinero. Le dijimos que habíamos decidido no dar dinero y gastar lo imprescindible, a lo que respondió que él nos había regalado los puros. No nos permitió devolvérselos porque era un regalo, pero insistía en que le diéramos dinero. Decidimos darle algo de moneda nacional, que despreció al acto, pues quería CUC para comprar una botella de alcohol... Como si eso nos fuera a convencer más!

Conseguimos despedirnos de él, sintiendo por la espalda cómo nos maldecía, y llegamos al Parque. Con el poco rato que llevábamos ahí, nos hicimos una idea general de lo que confirmaríamos después: no nos gustó la ciudad ni la gente. Cada dos por tres venían a pedirnos dinero, insistentemente, como si fuéramos cajeros automáticos con piernas.

Fuimos los cinco a tomar algo a una cafetería de moneda nacional, donde había un niñito jugando solo. Nos acercamos y le dimos un caramelo, con su carita de felicidad pagó el precio. Por la tarde volvimos al mismo sitio y la madre, que trabajaba ahí como camarera, nos pidió que le compráramos un refresco "porque ella no tenía para eso". Le recordamos que le habíamos dado un caramelo por la mañana, pero pareció no importarle e insistió maleducadamente en que lo compráramos.

La Habana, Pinar del Río, Viñales y María la Gorda

La noche anterior, en Bogotá, nos fuimos a tomar unas cervezas con nuestros amigos Isma y Diana y regresamos algo tarde a su piso. Muertos de sueño, nos pusimos a hacer las mochilas. Habíamos decidido dejar la mochila grande de Oscar en Bogotá y viajar esos 18 días con las mochilas pequeñas. Nos llevamos mi mochila (de 45L) para la ropa de los dos y metimos los aparatos electrónicos (tablet, kindle y cámara) en la mochila pequeña. ¡Lo conseguimos! (ejemplo claro de lo que aprendimos jugando al tetris de pequeños).

Emocionados y nerviosos, nos levantamos. ¡Qué madrugón más bonito! Nos despertamos con la canción de Tontxu en la cabeza: "íbamos a Cuba, íbamos contentos, íbamos saltando por el aeropuerto...". Ya nos conocíamos el aeropuerto y sabíamos adónde debíamos ir, pues la tarde anterior (sábado) nos entraron las dudas sobre cómo gestionar el visado de turista y después de recorrer varias agencias de viaje, terminamos yendo al aeropuerto para confirmar si nos podríamos ir o no al día siguiente.


La Habana (parte I)

Llegamos al aeropuerto de la Habana. Calor, humedad, bochorno... Qué gran contraste con la fría Bogotá (conocida en el resto de Colombia, y con gran acierto, como "la nevera"). Solo pudimos cambiar 20 euros aunque, por suerte, había un cajero en el que obtener efectivo (¡ojo! cobra comisión, aparte de la que te cobra tu propio banco).

Nos subimos a un taxi y pedimos que nos llevaran al hostel. Estábamos muy emocionados mirando el paisaje, las casas y la gente y maravillados por los coches que pasaban. Nos sentíamos en un desfile de coches antiguos.

Por primera vez en lo poco que llevábamos de viaje (justo un mes), nos sentíamos extranjeros. Sentíamos que, de verdad, estábamos de viaje. Hasta entonces, Colombia nos había resultado muy familiar. Aquí, en Cuba, todo es distinto. Seguramente influyó que tuviéramos la sensación de haber retrocedido en el tiempo: España de los cincuenta con gente caribeña. Una mezcla curiosa.

Coche, uno de tantos
Dimos un paseo, desde el estadio Latinoamericana hasta el Malecón, pasando por calles poco transitadas que demuestran la trascendencia del descanso dominical. Todo nos llamaba la atención: la ropa tendida en las casas, unos niños jugando a baseball en un patio interior, un grupo de hombres discutiendo apasionadamente sobre algún tema candente e imposible de entender, un Lada de los años 70, otro carro de los 50,... Un sinfín de estímulos.

Pescando en el Malecon

Circasia - Salento - Valle del Cocora

Al llegar a la terminal de Manizales, preguntamos precios para ir a Pereira y, entonces, empezaron a llover los descuentos. Nos subimos en una buseta, la más barata. Fuimos recogiendo a gente por el camino, uno de ellos había acordado un precio más bajo con el conductor pero nadie se lo había dicho al chico que cobraba y que estaba dentro de la buseta, éste le quiso cobrar el precio normal, lo que generó las protestas de nuestro nuevo compañero... y, a su vez, la protesta de otra mujer que se quejaba de la diferencia de precios. Nosotros, calladitos, por supuesto.


Circasia - Salento

Al llegar a Pereira, cogimos otro bus a Circasia, donde nos íbamos a alojar en casa de un couchsurfer que vive, con su familia, a las afueras. No vimos mucho de Circasia, básicamente el centro.